Biografía del artista

Mario Carlos Rosso

Mario Carlos Rosso nació en General Cabrera, provincia de Córdoba, el 23 de abril de 1923 y falleció en esta ciudad en 2014. Estudió escultura en Buenos Aires y en Córdoba. Discípulo de Santiago José Chierico en 1946 y 1947, y de Libero Pierini, egresó de la Escuela de Artes de la Universidad Nacional de Córdoba en 1964. Aunque experimentó con todo tipo de materiales, trabajó preferentemente el mármol y el granito, materiales duros de gran resistencia desbastados y pulidos hasta la perfección, en obras de carácter figurativo, con gran nivel de detalle. Su obra es extensa también en el orden religioso y funerario. Como escultor monumentalista realizó obras de gran importancia en Córdoba e Italia, entre las que se destacan: Urna funeraria de Doménico Zipolli (Prato, Italia); Cristo Rey (Río Cuarto); los frisos de la Iglesia de Arroyito; el Cristo de la Iglesia León XIII (chapa batida, hierro); la Plaza Monumento al General Manuel Belgrano (bronce y mármol) y el monumento al Labrador (General Cabrera).

Participó en numerosas exposiciones y concursos en el país logrando una serie de reconocimientos como el Premio Adquisición Museo Provincial de Bellas Artes en el Salón de Santa Fe (1958) y el Segundo Premio Escultura en el II Salón IKA (1959) por su obra Figura reclinada. En 1978 obtuvo el Primer Premio “Plaza Monumento al General Manuel Belgrano” en el concurso organizado por el Gobierno provincial. Durante cinco años trabajó en la figura ecuestre y en los relieves de bronce y mármol que compone ese monumento, ubicado en las proximidades del Parque Sarmiento, en la ciudad de Córdoba.

Por más de 30 años fue profesor de Escultura en la Escuela Dr. Figueroa Alcorta de la actualmente parte de la Facultad de Arte y Diseño de la Universidad Provincial de Córdoba, tarea que continuó en su taller privado.

 

Sobre la Obra

“El Grito”

La Argentina vivió durante la década de 1970 momentos de angustia y de horror. Anuladas las mínimas garantías civiles, miles de personas fueron arrancadas de sus hogares, llevadas a centros de represión clandestinos, vejadas, torturadas y sentenciadas sin la mínima posibilidad de defensa. Padres desesperados por conocer el paradero de sus hijos, hijos separados de sus padres, bebés nacidos en cautiverio y entregados en adopción a familias comprometidas con la represión.

Esta obra, El Grito, fue concebida como testimonio de los horrendos padecimientos sufridos por la familia argentina durante esta nefasta época. El gesto de esta mujer aterrada elevando un manto en actitud de defensa contra la agresión por parte de las fuerzas represoras pretende simbolizar el grito de una nación  impotente ante la violencia ejercida por parte del Estado.

No podemos olvidar la problemática de los hijos. La mujer protege a su niña quien se aferra con desesperación a su madre. Este abrazo angustiante intenta perpetrar los lazos del afecto y de la sangre, más allá de la violencia, más allá de la muerte.

La imagen revertida hacia la figura se ofrece como testimonio de la memoria de un pueblo que nunca olvidará. El gélido negro del granito simboliza el duelo inquebrantable de un pueblo que permanecerá eternamente dolorido.

Esta obra no es fruto del azar. El autor, como docente de la Escuela de Bellas Artes, fue impactado por la detención y desaparición de alumnos, personas muy allegadas  y queridas. Es así como la temática ocupó un importante período de su producción de los últimos años de la que “El grito” constituye su culminación.